Manifiesto II

Si el número de pinturas que pueden hacerse de algo es infinito, entonces la pintura es una forma de mirar al infinito en lo particular.

Una pintura es un objeto que condensa fenómenos lumínicos dentro del espectro visible del ojo humano.

Cuando a la fórmula del objeto-pintura se articula un estimulo corporal -escala, peso, dimensión-   surge un objeto tridimensional o escultura.

Aún cuando las definiciones son cerradas y formales, la pintura y los objetos tienden a lo abierto en el número de sus posibilidades.

El color es una forma de excedente hilético. De hecho, cada conjunto de características que conforman un “objeto de interés” se expresa de modo inagotable, infinidad de veces.

La imaginación funciona con cantidades considerables de datos hiléticos.

Un objeto de interés es un objeto abierto a la  posibilidad de ser  imaginado  y re-imaginado a lo largo de su vida material.

No es nada nuevo que para los seres humanos de cualquier época los paisajes  constituyen infinidad de objetos interesantes.

El colonialismo instituye el uso de los paisajes como una forma de vender lo exótico y raro de los territorios conquistados.

Aunque el excedente hilético se duplica intencionalmente en un objeto de interés, el sentido latente de éste (el infinito) no se hace aparente de manera automática.

Nuestra mirada es, aún, colonial.

La  mirada que lanzamos codifica lo que vemos.  Por defecto están precargados en ella un lenguaje y una serie de niveles de entendimiento en los que opera al menos una tradición.

El arte de todos los tiempos ha intentado continuamente subvertir esa programación original. Aunque también el mismo arte de todos los tiempos ha sido permeado por la vanidad transformándose en mero ornamento.

Un ejemplo de objetos meramente ornamentales son las abundantes  pinturas con palmas, monsteras, y plantas tropicales o amazónicas que se encuentran en el flujo publicitario del capitalismo tardío eco-friendly; en éste ejemplo, la mirada colonial está plenamente operativa al asumir  sin miramientos que la belleza inmanente de la planta (cuya forma es algorítmicamente elegante y por tanto expresa el infinito) es un bien exótico, cuyo precio determina finalmente su valor como ornamento. La mirada entonces extrae a la planta de su ecosistema, la convierte en algo bonito para el jardín occidental de su casa minimalista, luego en un motivo para una pintura con la misma lógica de adquisición de valor que únicamente perpetuará el ciclo de institución de la mirada Colonial.

Ergo, las pinturas de monsteras le hacen daño a usted y a los ecosistemas y son del mismo tipo de gusto que el que tienen quienes diseñan plazas comerciales.

Eso fue un chiste.

El capitalismo tardío se vale del carácter permanente de nuestra mirada colonial para producir nuestra relación con el ambiente y el paisaje.

Cuando la experiencia de esta relación es también enajenada lo necesario es reduplicar el sentido  desde la materialidad del mundo.

Tlahuac Mata Trejo, Ciudad de México, 1989
Egresado de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Desde el año 2012 ha realizado varias exposiciones de su trabajo individual y numerosas muestras colectivas al interior del país y en el extranjero, entre las cuales destacan: Espacios de Guerrilla (2017, Casa del
Lago, UNAM),  Far Pale Red (2017, Galeria Alterna),
Residupolis (2017, Museo de Arte de Sinaloa).